Me gusta leer biografías, cartas, memorias, diarios, autobiografías... a Virginia Woolf también, su padre y ella fueron escritores de biografías. Sospecho que ella es del tipo de intelectual que vive de tal manera que su biografía sea un texto muy divertido de leer y, de hecho, lo es. La obra literaria no es tan deslumbrante como su melancolía, su locura, su frigidez, su homosexualidad, su gusto por los faros, el agua, los peces, el suicidio... sospecho que escribía cartas con la certeza de que en el futuro iban a ser leídas por la Humanidad, pero no se acercan a la belleza ni a la poesía de las cartas de Flaubert o de Emily Dickinson, el chisme y la burla asfixian las pocas ideas estéticas o filosóficas que se esperarían de la pluma de una mujer tan excepcional. Sorprende que su escritura no sea aforística, lo es en casi todos los grandes escritores, en páginas y páginas de cartas y diarios no se encuentra una sola frase memorable.

A Virginia no le gustan las fotos porque no es fotogénica y parece que le gustaban de manera sorprendente las que la hicieran ver pálida, ausente, ida, como las heroínas que le gustaban a José Asunción Silva. Entre más la leo menos me gusta, la encuentro artificial, adelantadísima, me hace acordar de un profesor muy sensible que lloraba leyendo poemas en clase y nos juraba que un poeta se reconoce en una buseta por la forma en que mira, cruza la registradora, entrega el billete y recibe las monedas.

Los artistas suicidas no me gustan, nunca me han gustado, como no son gente tonta siempre me hacen sospechar que han sopesado fríamente cada paso y sueñan con la narración de su no deseo de vivir como el acto más poético de su grandiosa vida.